La Leyenda de Tarzán (o el fino arte de vivir entre monos)

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Siendo una saga que no es ajena a las adaptaciones en pantalla grande, llega una vez más el famoso personaje de Edgar Rice Burroughs, rodeado de lianas y gorilas dispuesto a luchar en contra del colonialismo y esclavismo europeo en África en una pequeña guerra del hombre contra la naturaleza.

Dirigida por David Yates, La Leyenda de Tarzán bien podría llamarse “La leyenda de la leyenda de Tarzán” pues en esta ocasión, nos encontramos con que John Clayton (su verdadero nombre) ya vive en Inglaterra junto a su esposa Jane como el Conde de Greystoke y disfruta de cierta fama entre la gente que lo ve como un descomunal héroe, a pesar de que él prefiere vivir lo más tranquilo posible, hasta que un enviado del gobierno de los Estados Unidos, le pide que regrese al Congo y lo ayude a desenmascarar un vicioso plan del Imperio Belga.

La idea de traer esta historia en estas épocas, podría sonar lo más indicado, gracias a las nuevas tecnologías que tenemos para hacer cine y que deberían brindar una mucho mejor oportunidad de tener fabulosos efectos especiales que nos convenzan que realmente estamos en la selva rodeados de animales, pero sin una buena idea y un mejor tratamiento, las mejores intenciones se vuelven una bomba lista para explotar en la cara del espectador, en especial con los gastados clichés que siempre vemos, como los inhóspitos caminos de los aborígenes, siempre llenos de cruces con cráneos en forma de advertencia, y que más adelante los atacaran de la forma más salvaje posible para hacernos notar la gran diferencia entre “civilizaciones” (en especial al ver a uno de ellos con el sombrero del villano principal puesto en pose de “chico malo”) y llenos de efectos de cámara lenta que pareciera llevan toda la intención de hacerlos ver más como animales salvajes.

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Las intenciones de la cinta son muy buenas, lo cual provoca que este no sea totalmente infumable. Christoph Waltz como el Comandante Rom (por mucho que me encante ver actuar al hombre) desde el principio es ese tipo de villano que la cinta se dispone a obligarte a odiarlo, de esos “malos malos”, cosa que me parece poco funcional en una época donde ya estamos más acostumbrados a tener contrapartes que se mueven más en un área gris, movidos más por circunstancias que por maldad pura.

Alexander Skarsgård, quien da vida a Tarzán, por momentos nos hace preguntarnos si estamos viendo a Jason Bourne o James Bond en la Selva, y en el mejor de los casos a Aquaman en una aventura africana (que, si a mí me lo preguntan, me parece que no lo haría nada mal) logra un papel bastante convincente al llevarnos de regreso a la selva, a pesar de que el resto de los elementos no ayuden a levantar la cinta al nivel que debería entregar.

Margot Robbie en el papel de la hermosa Jane, si ajusta más a las exigencias políticamente correctas de estos tiempos, al dejar atrás a la damisela en peligro a la que solo le queda ser rescatada por su valiente hombre, para ser aguerrida y permitirse dar su adecuada cantidad de golpes (pero vamos, ¿que sería si Tarzán no tuviera que salvar a Jane?).

Un filme cuya primera mitad es increíblemente lenta y a la que le ruegas que por favor comience pronto la acción, llena del (no) mejor CGI y de cuadritos abdominales que no parecen los más “milochocientosnoventeros” que pudiéramos encontrar y que, al parecer, es imperativo tener cada cierto tiempo una historia nueva, porque, pues, es “El Rey de la Selva” y ¿Quién no quiere verlo?

Yo por mi parte, creo que es una experiencia que no repetiría.

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