Review de “Minari”

En 1980, Jacob Yi (Steven Yeun), experto en determinar el sexo de pollitos (sÍ, eso existe), se muda junto a su esposa Monica (Yeri Han) y sus hijos, David y Anne, de California al área rural de Arkansas, donde, a diferencia de la ciudad, podrán ser dueños de su propio terreno, en el cual planea tener una granja, y así dar pie a un nuevo comienzo familiar que les brinde la oportunidad de lograr el famoso “sueño americano”. Sin embargo, no hay nuevo comienzo que no traiga sus propios retos por lo que, descubrir cómo plantar verduras y frutas coreanas para dar vida a una granja, además de tener un trabajo regular, resulta más difícil de lo que pensaban y, combinado con cierto choque cultural, promesas, esperanzas y la siempre amenazante crisis financiera, junto con la certeza de éste padre de familia de haber encontrado su “tierra prometida”, harán las cosas serán mucho mas complicadas de lo que pudieron parecer en un principio. ¿Será que la llegada de la abuela Soon-ja sea el cambio que necesitan? ¿O solo complicará más las cosas?

Del director Lee Isaac Chung, ésta semana estrena Minari, una de las cintas nominadas al Oscar, que nos platica la típica historia de inmigrantes intentando salir adelante en un “nuevo mundo”, un tanto al estilo cinematográfico de Terrence Malik (contemplativo por momento sí, pero no al punto de muerte de Malik, por eso sólo “un tanto”), queriéndonos mostrar esa comunidad entre tierra y hombre, donde el entendimiento es mutuo… aunque no lo sea, pues el poco apoyo que muchas veces se muestra entre parejas, puede ser mas destructivo que una sequía.

Chung esperó a tener cierta cartera de trabajos como director para compartir finalmente su drama autobiográfico, un logro que al menos, visualmente tuvo buenos resultados. Mónica y Jacob se la pasan discutiendo sobre cuáles deberían ser sus metas como pareja, así como lo que debería venir más adelante para sus hijos, siempre dejando de lado algo mucho más importante, el presente que viven, siempre en una lucha entre la tensión provocada por la asimilación contra la independencia que tanto anhelan, sin importar si es en un tema íntimo o de comunidad, una a la que quieren pertenecer.

Jacob está completamente comprometido con su “sueño americano”, adoptando totalmente el estilo granjero, como para que no vaya a quedar duda de su profesión y anhelo, mientras que su esposa, quien se nota viene de una clase social un tanto más alta, se sentiría mucho más a gusto de regreso en la ciudad. Y así, mientras la historia avanza, pasamos del arrepentimiento de haber aceptado que su esposo lograra su sueño de mudarse al campo, a comenzar a dudar de su cambio de país, e incluso, sobre su propio matrimonio. Sí, está ahí con él, pero nunca parece querer facilitar las cosas.

A pesar de todos los puntos positivos, así como una gran fotografía, la historia es aletargada y pierde intensión en muchos instantes, creyendo que la tensión atmosférica, acompañada de la música pudiera sostener la atención del publico durante largos momentos (cosa que no, no hace), llegando a quitarle importancia a ciertos conflictos que quedan por mucho inconclusos. Las escenas de mayor verdad, vienen en ciertas pláticas entre los protagonistas, donde se logra cierta complejidad y profundidad, en las que se entiende que la interacción humana es por mucho, más complicada que cualquier cosa que se nos pudo haber platicado cuando éramos niños. 

Las mejores actuaciones vienen del cast secundario, Will Patton como Paul, un granjero y ferviente creyente que se la pasa agradeciendo a Jesús por cada paso que da, y quien más fe tiene en el sueño de Jacob. También tenemos la actuación (nominada al Oscar) de Yuh-Jung Youn como Soonja, abuela del pequeño David y su hermana Anne, mamá de Mónica, a quien traen directamente desde Corea para que les ayude con el cuidado de sus nietos, aunque, como puntualmente le dice David, “no tiene la más mínima idea de como ser una abuela como las demás”, pues no tiene filtro alguno al expresarse, es bromista, mal hablada y suele no tomar las mejores decisiones, lo que le hace mucho contraste con el pequeño quien también roba mucha pantalla cuando aparece, y con quien forma una especie de raro dueto durante la cinta.

Si bien Minari es un drama bonito, muy bien filmado, con una historia que logra su cometido en analizar las relaciones humanas que nos presentan, termina en gran parte durante durante su desarrollo por ser demasiado lenta, en un intento evocativo que por muchos momentos falla, y que aunque puede ser muy personal para su director, es muy sencillo sentirse alienado de lo que vemos en pantalla. Digamos que, para mí, es de esas estilo “ya la ví, me gustó, pero nunca más volvería a verla”.

Una película que nos demuestra que este año, la carrera por el Oscar, en su mayoría, está bastante desangelada y diluida.

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