Review de “La Crónica Francesa”

En palabras del propio Wes Anderson, su nueva cinta “La Crónica Francesa” no es nada sencilla de explicar, y cualquier intento de deconstruirla para intentarlo, solo terminaría haciéndola sonar mucho menos comprensible. Piénsalo como si compraras el reloj mas bonito de todos, pero de pronto decidieras desarmarlo completamente para ver como funciona, y lo único que termina sucediendo, es que ahora ya no sabes que hora es. Siempre fiel a su estilo, Anderson en esta ocasión nos presenta una cinta compuesta de varias historias que nunca se detienen, avanzan incansables, como si no tuvieran que detenerse a respirar nunca, dejando poco lugar a la reflexión durante las mismas, y eso tal vez haga sentir que carece de sus mas entrañables cualidades a las cuales nos tiene acostumbrados… no tenemos las típicas locuras adolescentes, no hay intimas dinámicas familiares, ni historias centradas en el punto de vista de algún niño… no, no hay nada de eso, en cambio, “The French Dispatch” hace todo para mantener a la audiencia ajena a su historia, y ese atrevimiento, es la mas grande fortaleza del filme, pues nos toca ver a Wes darle vida a su obsesión desde las gradas, cosa completamente fascinante. Todo lo difícil que es de explicar, es muy entretenida de ver este mundo a paso acelerado acerca de este mundo lento que se rehúsa a cambiar.

¿Y cual es esta “obsesión de Anderson de la que hablamos? The New Yorker. Si, la famosa revista neoyorquina en tiempos de cuando su fundador, Harold Ross era editor y contaba con una impresionante gama de escritores como fueron James Thurber, Joseph Mitchell, Rosamond Bernier, A.J. Liebling y James Baldwin, encargados de dar forma a la famosa publicación, siempre bajo la estricta lupa de Ross, quien se ocupaba de mantener el estilo agresivo que los caracterizaba.

Wes convierte al New Yorker en una revista de un pequeño pueblo francés llamado Ennui-sur Blasé, y le cambia el nombre a “The French Dispatch”, cuyos origines se dan en Liberty, Kansas, donde nació su editor Arthur Howitzer Jr. (Bill Murray) y cuyo nombre original de la publicación era Picnic (todo esto se presta a tributos rendidos en una cadena muy especifica que se siente un tanto ajena a nosotros y que poco caso tiene explicar). Howitzer se encarga de rodearse de los escritores más excéntricos, leales e incansables, quienes están ocupados en sus notas para la siguiente publicación. Pero no, en ningún momento nos fijaremos en sus vidas, si no que nos adentraremos completamente en su trabajo, específicamente, en las últimas columnas que darán vida al tomo final de la revista, lo que nos adentra a cada uno de los artículos, para en cada segmento “leer” cada uno de ellos en tres historias separadas, aunque empezamos con una pequeña secuencia llamada “The Talk of the Town”, donde Herbsaint Sazerac (Owen Wilson) mostrándonos el pueblo de Ennui-sur-Blaisé en bicicleta, siempre rompiendo la cuarta pared, y causando desafortunados accidentes.

En la primera historia, conocemos a Moses Rosenthaler (Benicio del Toro, Tony Revolori cuando joven), un genio artista que se encuentra tras las rejas, condenado por homicidio, y que mantiene un amorío con una guardia de la cárcel llamada Simone (Léa Seydoux), quien hace también las veces de su musa y promotora. Adrien Brody es Julian Cadazio, representante artístico, quien desea mantener a Moses produciendo obras. La segunda historia, es una pantomima pastichera de las protestas estudiantiles de Paris de 1968, donde el revolucionario Zefirelli (Timothée Chalamet) y Lucinda Krementz (Frances McDormand), la escritora de esta columna, viven este periodo de protestas. En la historia final, el escritor Roebuck Wright (Jeffrey Wright), especialista en gastronomía, presenta una semblanza del legendario chef de la policía, Nescaffier (Steve Park), misma que se convierte en toda una historia de crimen. Cada historia esta contada con un estilo distinto, donde Anderson no teme utilizar todo tipo de elementos distintos, ya sean escenas en blanco y negro o hasta animadas (esta vale muchísimo la pena), todo aderezado con la fabulosa música de Alexandre Desplat.   

El estilo de Wes Anderson es imposible de confundir, sus dedos dejan huellas muy específicas, y son dos cosas las que lo obsesionan, los objetos y la nostalgia. Objetos mundanos del día a día se convierten en un diorama miniatura contextualizado del mundo creado por este impresionante director y su simétrica visión del mismo, caminando sobre una muy delgada línea entre obsesión y fetichismo, línea que en el arte no importa. La atención tan detallada que presta a ellos los hace brillar en la pantalla, y cada uno tiene su distintiva importancia, diciéndonos a gritos “el verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible” … o en una famosa frase de “El Retrato de Dorian Gray”: “solo es superficial para aquellos que no juzgan las apariencias”.

La nostalgia mostrada por Anderson es siempre muy especifica a su visión, y eso muchas veces hace que a la gente le cueste acercarse a su obra. Es el trabajo de una persona completamente obsesiva. “La Crónica Francesa” es la nostalgia por mundos ficticios, de objetos ahora considerados obsoletos e inservibles, por historias a ninguno de nosotros nos toco conocer… nostalgia por una vida no vivida.

No puedo decir que de eso trate “The French Dispatch”, sino más bien es la idea que trajo a mi cabeza al verla… es una cinta extraña, concurrida, deslumbrante, visualmente cargada, que permite espacio a la asociación individual de ideas… una pieza entrañable y complicada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.